Carlos Cañadas
Texto de Catálogo. The Searchers, 2023
Shown at Sala Ático, Palacio de los Condes de Gabia, Granada
Señoras y señores, hoy es cosa de todos los días reprocharle a la poesía su «oscuridad». Permítanme ustedes, en este sitio y sin rodeos —¿pero es que no hay algo aquí que se ha abierto abruptamente?—, permítanme ustedes citar aquí una sentencia de Pascal: «Ne nous reprochez pas le manque de clarté puisque nous en faisons profesión!».
Paul Celan. El Meridiano. 1960
Como método: ser un mal tirador, gastar todas las balas a la primera y dejar la recámara vacía. Dejé de pintar por no entender la pintura, volví a pintar por lo mismo. Como un mono con una escopeta: peligro. Seguramente para mí mismo. Enclaustrarse en un género —un tópico— hacer pinturas de género, género wéstern. No pinturas de autor, pinturas wéstern. Para no vivir como en un wéstern. Si el exceso de refinamiento enmudece el mensaje, si me pierdo en revisiones, repintaciones, análisis, y sobreanálisis, dejar de pintar. Rechazar la pintura como idea. Pintar sin arrimo y con arrimo, bajarle al fuego, pero conservar la ebullición. El gesso me ahoga, la pintura me ahoga, el bastidor me ahoga, también el encaje, y la composición. Lo que no me ahogaba era la libertad infinita de potencial ilimitado que uno pudo haber encontrado en limitarse completamente. Un papel en blanco y un boli. Nunca van bien las impresoras, y yo soy igual. Desde el primer recuerdo que tengo de una impresora doméstica, hubo problemas. Ahora tengo una Epson que no vale para nada. Tiene atascado el tubo de tinta negra, hay que cambiarlo. Como no voy a hacerlo, le he metido tinta negra al cian y al magenta, y le he tenido que intercambiar los chips nuevos por los de los cartuchos gastados negros, para que la máquina me obedezca. Ya imprime. Bueno, pues esto lo escribo en mayo de 2023, pero cuando empecé a pintar estas imágenes, en el verano de 2021, pasó un poco lo mismo.
El proyecto originalmente reunía más disciplinas. Un corto que nunca llegué a realizar, retratos, dibujos, y una recopilación de fotografías de artistas-vaqueros. Estas imágenes las positivé en el laboratorio y las guardé en una carpeta. Tengo a Warhol, Basquiat, Billy el Niño, Kerouac, William Burroughs, Bruce Nauman, Buffalo Bill, James Turrell, Chris Burden, Charles Manson, Patti Smith, Picasso, Pollock, E. E. Cummings, Tarantino, Pavarotti, Tupac, Verlaine y Rimbaud. También me puse a buscar mis viejos juguetes de vaqueros. En concreto, recuerdo un jinete rubio, con las piernas arqueadas para que encajara con la silla del caballo, no recuerdo sin embargo haber tenido el caballo, lo debí de perder hace demasiado. El muñeco, con las piernas como si se hubiera cagado encima, pero sin la montura, quedaba muy ridículo. Es el vaquero que recuerdo con más cariño, pero no sé dónde lo dejé.
¿Qué he acabado por hacer aquí? Tal y como yo lo veo, aparecen personajes que han perdido su punto de referencia. Lo erudito —ex-rudis— es estar al margen de lo rudo o tosco. Lo profano es estar en lo tosco —pro-fanus— fuera del templo, deshonroso. Para estar fuera del templo puede ser que a uno lo hayan sacado, o que nunca haya entrado. Ignorante el que no sabe, e idiota el que no es capaz de salir de sí mismo. Creo que estos son malos que no quieren ser malos. Desahuciados de sí mismos. Y quieren quemarse, pero les da miedo. Forajidos que no son nada, pero que serán pintores. Pintores que hablan con pintores, pintores que no hablan con nadie, como en la canción:
El chico malo no tiene casa/ guarda sus cosas en el bar/ Vive de galletas y latas robadas/ no le gustan los juzgados. / ¡Harto de ser el malo del lugar!
El chico malo no tiene trabajo/ lleva los bolsillos llenos de nada/ Busca problemas con rara perfección/ en la comisaría …/ ¡Harto de ser el malo del lugar!
Los Ilegales. «Harto de ser el malo del lugar», del álbum Todos están muertos, 1985.
Todo lo que tendría que decir, para ir acabando, es que ha sido como si un fantasma de un pasado muy pasado, y un fantasma de un pasado presente, al cohabitar, hicieran un fantasma-mulo, quizás estéril, pero quizás también bueno como animal de tiro. Y de esta manera, un ímpetu olvidado llega y con su inercia lúdica crea un tercer espacio, con otro tiempo nuevo, que no sé bien cuál es. Yo no quisiera que ni el uno ni el otro leyeran esto. Sí que vieran las imágenes. Pero no esto. Porque siendo tan católicos como somos, volvamos a las imágenes. No se hable ya de los iconoclastas, muy muchísimo al contrario, con una logoclástica conciencia, reparemos en el temor a que nada se pueda escribir sin ser un hortera. Nada dice nada, el lenguaje se exhibe a sí mismo: onanismo en alfabeto latino.
Así que zanjo esto con un kōan: